“ABUDINAR LA EXPRESIÓN”

“ABUDINAR LA EXPRESIÓN”

La exministra de las TIC nos dio otra degustación de la recta que no se debe preparar cuando se está en medio de un escándalo público: descalificar a quienes se burlan del cuestionado y meterse en la cueva del “buen nombre”.

El episodio se popularizó porque los internautas utilizaron de manera generalizada la expresión “abudinar” para referirse a la acción apropiarse de lo ajeno a manera de burlas luego de que la propia Real Academia de la Lengua Española compartiera ese uso de tal expresión en redes sociales.

La principal queja de la exministra se refería a que el uso de su apellido para aludir al robo termina afectando a personas que nada tienen que ver con su gestión en el ministerio, especialmente a los niños y niñas de su familia, lo de siempre.

Lo primero que hay que decir ante semejante defensa del “honor” es que resulta inaceptable porque quien utiliza a los niños y niñas es quien acude a ellos como pretexto para descalificar al adversario, es decir, para defenderse, pues evidentemente nadie se estaba refiriendo a ellos.

Se ha vuelto costumbre entre clanes de políticos cuestionados acudir a esa excusa para defenderse, pues en algo les sirve para desviar la atención de los cuestionamientos. Se supone que no se puede hablar de los Char, los Pérez, los Gnecco o los Suárez Mira porque esos apellidos los tienen personas que no están involucradas en el problema y entonces resulta, según ellos, algo obligatorio que haya que referirse a cada uno de los cuestionados con el nombre y el apellido completo porque de lo contrario se estaría afectando el buen nombre de sus familiares ajenos a la política.

Nada más absurdo. Cuando una persona decide incursionar en el mundo público asume con ello cargas inherentes a la exposición mediática, como, por ejemplo, que su nombre y apellido pueda ser cuestionado a través del ejercicio democrático más básico que existe como lo es la libre opinión. Evidentemente la sociedad les atribuye importancia a los apellidos de las personas, y es eso justamente a lo que llamamos “buen nombre”, que también puede ser malo, y no podemos pretender que mientras obtengamos el malo exijamos el bueno.

El buen nombre hace parte del patrimonio inmaterial de las personas que, al igual que el material, está en condiciones de generar ganancias o pérdidas, y ello de contera podría beneficiar o no beneficiar a los familiares, sin que de allí se pueda desprender que la mala fama sea una condena por razones de sangre, como tampoco la buena fama es un merecimiento por las mismas razones.

Quizás esto último sea lo menos importante de la discusión, pues realmente lo esencial tiene que ver con el hecho de que las palabras tienen el significado que el contexto les pueda dar y no el que nos apetezca que tengan, y eso significa que cuando nos referimos a “Los Char”, nos estamos refiriendo a Los Char que hacen política y no a otros, y así lo debería entender cualquiera que interprete ese mensaje.

Lo que sobrepase ese contexto no podrá ser racionalmente atribuible al emisor del mensaje, pues mal haríamos en limitar la libertad de expresión bajo la sospecha o suposición de que los mensajes podrían ser abusivamente mal utilizados por otros, como cuando los niños y niñas hacen burlas en los colegios.

Así las cosas, Los Char, Los Pérez, Los Gnecco o Los Suárez Mira deberán hacerse cargo del debate público que decidieron protagonizar, y no pretender “abudinar la libertad de expresión” con flojas excusas como utilizar a los niños y niñas de sus familias como medio de defensa.

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